XXV La Gran Ballena

Escucha la música incidental aquí:

Viajaron por varios días, hasta que llegó a un punto en que debía seguir solo.

 

Vio como se alejaban los cinco acompañantes, pero él era solo un niño y entendió que iba ser imposible remar hasta el punto de reunión. Y comenzó a llorar desconsoladamente, y recordó a sus padres, y se encontraba realmente abandonado en la inmensidad.

 

Pero de pronto sintió que algo golpeó su piragua.

Y de pronto vio como emergía una sombra desde el fondo del mar y voló sobre él.

 

Era una tonina que sorprendentemente trataba de comunicarse.

 

Y de pronto se percató que intentaba mover la embarcación.

 

Celipatencis intuyendo lo que pasaba, le arrojó una cuerda de fibras, la que fue tomada con la boca por la tonina, que emitió una serie de sonidos, apareciendo al poco rato varias más que se unieron en el esfuerzo de tirar.

Y en el mar se vio la figura de un niño dirigiendo una canoa que lucía como un carruaje arrastrado por delfines, que rápidamente le acercaron al temible Cabo de Hornos.

 

Y pasaron las horas, viajando a una gran velocidad. En poco tiempo había recorrido una distancia que hubiera tomado varios días a un experimentado navegante. Hasta que finalmente el cansancio de todos estos días le hicieron caer profundamente dormido.

 

Zasaret había sido instruida en la misión de escoltar a ese niño hasta el fin del mundo, para lo cual pidió que le ayudaran otras toninas. Se turnaban para llevar la piragua por los canales. Pero ya en el mar abierto debieron todas juntas intentar estabilizarla, pues olas gigantescas se formaban en el tempestuoso espacio que separan las islas del archipiélago de Cabo de Hornos con la Antártida.

 

Ya doblando el Cabo de Hornos, tratando de alcanzar un lugar donde el pasajero pudiera desembarcar, apareció una gigantesca pared de agua que venía desde la oscuridad de la noche estrellada.

 

Todas hicieron su máximo esfuerzo, pero en vano, pues la frágil embarcación fue arrastrada a las rocas, saliendo despedido por el aire su pasajero.

 

Zasaret horrorizada al ver esto, realizó una arriesgada maniobra.

Se arrojó contra las rocas a las que se dirigía el cuerpo del niño, y usando su cuerpo como escudo impidió que se azotara contra ellas.

 

Sintió como recorría su espalda un afilado canto rocoso que se enredó en su aleta dorsal despedazándola. Soportando el intenso dolor trató de ver al niño, y vio como trataba de nadar, hasta que las otras toninas lo socorrieron, llevándolo a un sector donde pudiera trepar el acantilado.

 

Su misión estaba cumplida, el peligro había pasado y se fue lastimosamente de regreso a una bahía protegida a recuperarse de sus heridas. 

 

Celipatencis cayó pesadamente de espaldas y vio el cielo estrellado y se acordó de sus padres que quizás estaban viendo el mismo espectáculo, que era poco frecuente pues la mayor parte del tiempo estaba lloviendo.

 

Le llamó la atención una estrella en particular que reconoció pues parecía emitir ocho brillantes rayos. Comenzó a recobrar la conciencia del lugar en que se encontraba y que estaba empapado y casi congelado.

 

Se incorporó y se vio sobre un abrupto roquerío donde se azotaban gigantescas y negras olas las cuales comenzaron a tornarse cada vez más grandes

 

 Pero ellas comenzaron a despedir un fulgor verdeazulado

 

Y sintió una tibia brisa.

 

Y las olas se transformaron en una suave niebla que acariciaba la Punta Mala.

 

 Intuyó que se aproximaba el momento de su reunión.

 

Entonces recordó lo que le habían enseñado los yekamus y comenzó a meditar.

 

Y el mar se abrió dejando libre un canal desde donde emergió el espíritu de la Gran Ballena, dando un gigantesco salto, pero desde el cual no bajó quedando suspendida en el aire a pocos metros de Celipatencis

 

Entonces ella habló:

 

-Teníamos que estar seguros de que fueras capaz de llegar hasta aquí pues esta noche iniciarás una larga travesía donde correrás peligros aun mayores.

 

-Pero porqué yo, soy muy pequeño y aun no termino mi aprendizaje- replicó Celipatencis.

 

-No queda tiempo. Hay una gran conmoción en el mundo espiritual y es preciso que se reúnan los shamanes del sur en un concilio, para así descubrir que ocurre... Esa es tu misión.

 

-Pero como lo haré, inquirió el niño.

 

-Simplemente demostrando lo que eres.

 

-Pero si solo soy un pequeño Yámana. Como voy a hablar con esos terribles gigantes de la gran isla.

 

-No temas. En el mundo espiritual demostrarás tu poder.

 

-Y como los encontraré, como los reuniré.

 

-Solo comienza buscando al profeta de la Gran Isla.

 

-Pero ni siquiera puedo navegar pues mi piragua se destrozó.

 

 -Sigue escalando y arriba te espera Hatuwencis.

 

- ¡El está muy lejos tardará días en llegar! -, respondió Celipatencis.

 

-Cuando regreses al mundo terreno verás que ya transcurrieron dos días con sus noches-explicó la Gran Ballena.

 

Terminado esto volvió a su cuerpo físico y el sol estaba brillando sin ninguna nube.

 

Trepó y efectivamente estaba su maestro esperándolo.

 

Regresaron a Lapataia y llegó el momento de la partida. El suponía que regresaría donde sus padres, pero el tiempo se acababa, debía iniciar el viaje lo antes posible.

 

Lo equiparon con un morral con pescado ahumado, bayas frescas y un bolso de cuero con pigmentos para que pintara su cuerpo. Junto a ello una bolsita especial llamada “akanu” que contenía un pedernal “sewali” y otro “kipa”, que ambos al frotarse despedían chispas con las cuales se encendía fuego, que era un elemento vital para sobrevivir en esa época y lugar. Además, llevó consigo su haxapel, que era una corona de plumas empleada en las ceremonias y meditaciones.

 

Le dieron indicaciones por cuales senderos debía ir para encontrarse con los gigantes Onas.

 

Y una mañana partió solamente acompañando por Hatuwencis.

 

Iniciaron la caminata por la costa para luego continuar adentrándose por la orilla de un lago.

 

 Al dejar de escuchar el ruido del mar sintió una sensación de angustia que jamás sufrió en sus frecuentes excursiones tierra adentro.

 

Caminaron todo el día solo deteniéndose a descansar junto a algún arroyo y comer trozos de pescado y beber agua.

 

En la noche improvisaron una choza y prendieron fuego.                                

 

Nunca había pasado una noche lejos del mar y nuevos sonidos de animales y aves nocturnos inquietaron su sueño el cual estuvo plagado de terribles gigantes, senderos imposibles y algo muy oscuro que se aproximaba por el norte.

 

Luego siguieron recorriendo el sendero que se internó por profundas gargantas flanqueadas por una gran cadena de montañas.

 

Al quinto día llegaron a un lugar desde el cual se abría un amplio valle donde a lo lejos se atisbaban dos columnas de humo.

 

Entonces Hatuwencis dijo:

 

-Hasta acá te acompañaré. No es bueno que te vean con un adulto pues eso puede desatar la ira de los gigantes. En cambio, si ven a un niño solo, es más probable que te lleven con ellos. Creo que les despertará curiosidad ver a un pequeño abandonado tan lejos del mar.

 

Dicho esto, se dieron un abrazo y Hatuwencis le obsequió un bello tocado de plumas shamánico.

 

Hatuwencis tomó el camino de regreso y Celipatencis comenzó a descender al valle.

 

Mientras cayeron algunas lágrimas desde sus grandes ojos y sintió una terrible soledad y un deseo irresistible de volver con sus padres. Pero entendía lo importante de su misión, quizás la más importante que haya tenido un yekamus, lo que lo impulsó en seguir avanzando.

INTERLUDIO: