XXVIII El Valle de Ayün

Escucha la música incidental aquí:

Celipatencis abrió los ojos y ya amanecía, pero descubrió que los Haush habían construido una improvisada tienda para protegerlo del frío y el viento.

 

Después lo llevaron de regreso al campamento donde vio con sorpresa y agrado una cara conocida.

 

-Te debo el que me hayas ayudado con el shoort así que vine a ver que estés a salvo-, dijo Lioren.

 

Ese día descansó y comió.

 

Al atardecer se le acercó un Haush al que había visto varias veces realizando labores de diferente índole y no le había llamado mayormente la atención.

 

-Yo soy Tenenesk.

A Celipatencis no le pareció el mas grande Shamán profeta de la Gran Isla. De hecho, era muy joven, pero sí tenía esa rimbombante y solemne forma de hablar que mostró en el mundo espiritual.

 

Con lenguaje de señas le dijo:

 

-Necesitamos planear nuestro viaje lo antes posible.

 

Y sin dar tiempo para mayores presentaciones prosiguió:

 

-Acompáñame, tengo algo que mostrarte.

 

A pocos pasos Tenenesk había hecho una recreación con tierra del territorio que habían recorrido en la noche.

 

Y dijo:

 

-La tierra del norte es como la gran isla. Hacia el oriente hay grandes planicies muy buenas para el rápido desplazamiento de un Haush, y al poniente hay cientos de islas y canales muy propicias para que navegue un Yámana del mar.

 

-Por eso creo que debemos separarnos y reencontrarnos en el valle de Ayün, y en el viaje cada uno deberá recoger a los shamanes que estén en el camino.

 

-Los que están al norte de Ayün vendrán solos.

 

-Pero hay un problema. Primero deberemos cruzar el estrecho. Nunca un Haush o Selk´nam lo ha hecho, no tenemos piraguas y aunque las tuviéramos no creo ser capaz de subirme a una. El hecho de separarme de la tierra y balancearme sobre las frías y profundas aguas me aterra.

 

Celipatencis no podía creer la cara de temor que oscurecía el altivo semblante del más grande profeta de la tierra de brujos.

 

  -No temas, yo construiré una piragua suficientemente grande para que quepamos los dos. Además recuerda que soy un Yámana del mar.

 

De pronto se oyó una voz desde atrás.

 

-Tendrá que ser más grande pues seremos tres- dijo Lioren.

 

Después de descansar y alimentarse por dos días iniciaron la caminata hacia el estrecho siendo acompañados por diez Haush.

 

Fueron avanzando por las praderas sin separarse demasiado del mar. Se trataba de alcanzar un punto donde se decía que la tierra de más allá se encontraba más cercana, y se pensaba que allí existió un puente de tierra que en marea baja permitía cruzar caminando a la otra orilla, hasta que un cataclismo lo destruyó.

 

Durante el viaje rápidamente fue aprendiendo el idioma del resto de la compañía.

 

Luego de tres semanas de arduo viaje acamparon a orillas del estrecho y Celipatencis inició la construcción de la piragua.

 

 Fue junto a varios Haush a un bosquete cercano y durante tres días se dedicaron a la construcción de la embarcación.

 

La canoa Yámana se construía con corteza de Ciprés o Coihue y para desprenderla del árbol elegido participaban tres personas. Uno era amarrado a una cuerda cuyo extremo opuesto era lanzado sobre una rama fuerte, siendo jalada por los otros dos, levantándolo en vilo, alcanzando así la parte alta del árbol, desde ahí se procedía a realizar los cortes para ir desprendiendo la corteza. Se obtenían así tres trozos que luego serían moldeados con piedras y fuego. Luego con taladros de hueso se les realizaban perforaciones a lo largo de los bordes que servían para coser las piezas entre ellas, dejando dos a los costados y otra al fondo a modo de quilla. Finalmente, la construcción era reforzada con juncos que se ubicaban transversalmente y se calafateada e impermeabilizada la canoa con barro y grasa.

 

Celipatencis debió construir una piragua más grande de lo habitual para soportar el peso de los gigantes de la gran isla.

 

Cargaron pertrechos y las mejores pieles. Tenenesk llevaba su tocado de plumas y su arco y flechas pues debían cazar para alimentarse durante la larga travesía. Lioren también llevaba el suyo pues se sentía responsable de proveer de alimento a Celipatencis.

 

Prendieron una hoguera en la piragua y el pequeño se subió con gusto pues para un Yámana su canoa era casi como su casa.

 

Pero ni Tenenesk ni Lioren parecían interesados en embarcarse.

 

Más bien de sus rostros asomaba una cara de miedo casi infantil, como a punto de caer en llantos y sollozos.

 

Entonces Celipatencis comenzó a darles confianza:

 

-Vamos, ustedes son los más altos y fuertes cazadores del sur, no les pasará nada.

Y recordó su experiencia en el Cabo de Hornos.

- ¡Hay una tonina que cuidara de nosotros!

 

 - ¿De verdad? -se alegró Tenenesk.

 

- ¿Si caigo al agua ella me rescatará? - preguntó Lioren.

 

-Si, no teman y suban- aunque dudaba que esa Tonina que le salvó la vida hubiera dado ese gigantesco rodeo a la gran isla para seguirlo.

 

Y temblando de miedo subieron a la canoa.

 

-Ahora tienen que estar sentados y quietos-dijo Celipatencis -, primero remaré yo y después nos iremos turnando pues nos espera una larga navegación.

 

Al pequeño Yámana le parecía increíble hacer de jefe de esos altivos cazadores.

 

Comenzó a remar y el mar estaba en calma, se despidieron del resto de los Haush quedando de acuerdo de estar esperando el regreso de los viajeros, y para celebrar la llegada prenderían hogueras.

 

Se internaron cada vez más en el mar y la piragua comenzó a balancearse producto de las corrientes y olas que se hacían cada vez más fuertes a medida que se acercaban al centro del estrecho.

 

Las caras de temor de Tenenesk y Lioren pasaron a ser de pánico.

 

Se comenzaron a mover poniéndose de pié gritando.

 

Parecían verdaderos niños asustados, ello hacía peligrar la estabilidad de la piragua.

 

Por más que Celipatencis los trataba de calmar ellos parecían perder totalmente la razón.

 

Pero de pronto una tonina saltó sobre la piragua dejando perplejos a todos.

Reapareció haciendo increíbles piruetas por los aires.

 

Entonces Celipatencis advirtió en su aleta dorsal un profundo corte.

¡Era ella!

 

Entonces gritó:

 

- ¡Siéntense ambos, ahí está la tonina protectora!

 

Entonces los gigantes milagrosamente se calmaron.

 

Y el niño le arrojó una cuerda.

Pero esta vez Zasaret había reclutado a dos briosas orcas siendo llevados rápidamente a la otra orilla.

 

Antes de desembarcar en una playa Celipatencis agradeció con una caricia a la tonina por haberle salvado la vida dos veces.

 

Caminaron hacia una columna de humo que estaba no muy lejos de ahí.

Se acercaron y vieron a un grupo que les esperaba.


Llegaron donde ellos y eran muy parecidos a los Selk’nam en porte, pero ataviados en distinta manera.

Se adelantó uno de ellos y se identificó.

 

Sorprendentemente el idioma, aunque distinto, era entendible por Tenenesk y Lioren.

 
Se trataba del shamán Aonikenk que habían contactado en el viaje espiritual.

 

Habían decidido que en ese punto debían separarse.


Lioren y Celipatencis abordarían nuevamente la piragua y comenzarían a viajar al oeste hasta alcanzar el gran mar, y Tenenesk continuaría por tierra junto a los Aonikenk.

Acordaron reunirse en el valle de Ayün y de comunicarse en cada noche de luna llena en el mundo espiritual.

Entonces el Yámana y el joven Selk’nam abordaron la piragua y comenzó el trayecto. Fueron ayudados por dos orcas y la tonina.

Al final de cada día recalaban en alguna bahía protegida.

La tonina se preocupaba de pescar peces que arrojaba dentro de la piragua por lo que no les faltaba alimento.

Al tercer día las orcas fueron reemplazadas por otras dos descansadas.

La tonina sin embargo no los dejó solos salvo cuando salía a cazar peces.

Así avanzaron hasta enfrentar la temida costa del Pacífico.

Las olas se elevaban varios metros por lo que decidieron esperar una noche antes de proseguir.

Esa  noche era luna llena, así que inició un trance para encontrarse con Tenenesk.


Entonces se elevó y no fue difícil encontrar la enorme aura.

Se reunieron y Tenenesk dijo que su cuerpo físico estaba bien pero su espíritu padecía una enorme nostalgia de sentir el abrazo de su propia tierra, sintiéndose desarraigado.


Celipatencis también sentía lo mismo desde que dejó Lapataia y se adentró en la tierra, pero ya se había acostumbrado a esa triste sensación, lo que se sumaba al hecho que extrañaba muchísimo a sus padres. A veces cuando todos dormían lloraba en secreto, sin que nadie le escuchara, pues pensaba que no debía demostrar debilidad.

Luego antes de regresar a su cuerpo decidió explorar hacia el norte y vio que después de traspasar un trecho frente al mar abierto se podía ingresar al enorme archipiélago lleno de canales protegidos.

A la mañana siguiente había un excelente clima y decidieron partir.


Las orcas rápidamente llevaron la piragua y cuando iban a comenzar a cruzar el trecho más peligroso se vieron rodeados por decenas de ballenas de diferentes especies que acompañaron el difícil paso.

Luego siguieron avanzando hasta que una columna de humo los llevo al fondo de una bahía.


Celipatencis había escuchado escalofriantes historias sobre los terribles caníbales, pero después de conocer espiritualmente a esa shamán Kaweshkar pensó que nuevamente sus temores no eran reales, tal como lo eran respecto a los gigantes de la Gran Isla.

 

Llegaron a la orilla y ya los esperaba ella, con un grupo de navegantes, con sus piraguas preparadas para el viaje. Todos se asombraron al ver al gigantón de Lioren, y cómo eran secundados por un ejército de cetáceos.

 

Iniciaron el recorrido y navegaron por varios días. Zasaret a su vez había reclutado a más orcas para ayudar a la pequeña flota de piraguas.

 

Luego de pasar un trecho muy agitado, los Kaweshkar avisaron que ya no se podía seguir por mar, pues más allá habría que salir a mar abierto.

 

Entonces enfilaron para la costa y entraron subiendo río arriba.

 

Ese río traía muy poca corriente por lo que no fue dificultoso remontarlo. Llegaron a un punto donde debieron descender de las piraguas arrastrándolas sobre un terreno fangoso. Zasaret entendió que debía dar un gran rodeo para recibir a la escuadra del otro lado.

El Selk´nam tomó la cuerda y comenzó a jalar con fuerza, dejando atrás rápidamente al resto del grupo. Así llegaron a una playa que se enfrentaba a un gran lago de agua salada, en cuya orilla oriente había un bellísimo glaciar.

 

La shamán Kaweshkar, dijo que ese paso o istmo era usado para comerciar con los Chonos, canoeros del norte, pues no era posible rodear la gran península que se adentraba en el tormentoso mar abierto.

 

Aquí retomarían el viaje por mar.

 

Reiniciaron la travesía, y en el camino fueron recogiendo a otros shamanes que les esperaban.

 

Hasta que arribaron al final de las rutas del mar, donde no quedaba más remedio que seguir a pie.

 

Se había convocado a un grupo de al menos cien personas. Decidieron dejar las piraguas al resguardo de un toqui del sector.

 

Iniciaron la caminata por un increíble bosque de árboles gigantes.

 

 Estaba asombrado por la variedad de animales y plantas que aparecían, la mayor parte de ellas que jamás había visto.

 

En este caso los lugareños les dijeron que se trataba de un bosque de lawenes.

 

Eran árboles que poblaban casi todo el valle.

 

Avanzaron durante varias semanas hasta que llegaron a un lago de agua dulce.

 

En sus contactos espirituales con Tenenesk, él le había contado que después de un difícil paso por la cordillera ya había arribado al valle de Ayün y que habían llegado extrañas personas desde el norte, incluso había uno que había partido desde una isla mas allá del gran océano, a la que llamaba Rapa Nui. Celipatencis y Tenenesk no lo habían contactado en el viaje espiritual, así que habría sido también encomendado en la misión por el espíritu de la Gran Ballena.

 

Fueron bordeando ese lago hasta que llegaron a una abrupta montaña, la que debían subir por un estrecho sendero.

 

Llegaron a la cima y descansaron junto a un hermoso árbol, y de ahí se apreciaba trataba de un monte con una cima plana, cuya amplia meseta tenia varias lagunas rodeadas de pewenes.  Era el Valle de Ayün.

INTERLUDIO: