XXXVII LA REGRESION

 

Durante la cena, Juan Sebastián entró en un desconocido estado de mutismo, una mezcla de miedo y alegría intensa que nunca había sentido. En ese lugar, sentía una energía a su alrededor que no le parecía ajena, sino propia; y la sola presencia de Kuyenfey, le hacía olvidar que la noche anterior le había comentado a Efraín que nunca en su vida tomaría en serio a ninguna mujer, y que servían nada más para entretención.

 

Al día siguiente, cargaron mochilas y alimento para una semana y comenzaron a recorrer un amplio sendero que se abría por detrás de la casa, construido sobre pequeños troncos alineados a lo largo, con barandas dispuestas en los lugares más cenagosos. A ambos lados, los grandes árboles estaban cubiertos de helechos y enredaderas de manera que mirándolos de cerca parecían ser pequeños bosques.

 

Juan Sebastián dejaba el sendero a cada momento, para acercarse y tocar, o más bien acariciar casi cada árbol grande que encontraba, y mientras lo tocaba cerraba los ojos para escuchar su sabia recorrer sus capilares, para escuchar el sonido de su latir. Un sonido que ahora le parecía la música más armoniosa. Lo hacía en forma automática, era como si hubiese entrado en otro estado de conciencia. Su vida en la ciudad ya le parecía algo lejano y confuso.

 

A cada instante, el silencio era interrumpido por el canto de las aves, chucaos y hued hued curiosos se acercaban y seguían a los caminantes, quienes avanzaban por ese sendero que cruzaba innumerables arroyos de hermoso arrullo.

 

Al llegar al primer arrollo en el camino, Juan Sebastián metió sus manos en el agua, y su semblante se iluminó de alegría de una forma tan evidente que Efraín le dijo:

—¿Qué es lo que te está sucediendo?

—¿Nunca soñaste que eras agua? —le preguntó Juan Sebastián.

—¡No! —exclamó Efraín— ¡Qué tontería es esa! Yo sueño con ser millonario.

Kuyenfey miró a Juan Sebastián con una sonrisa, pero el codicioso negociador estaba tan absorto con las nuevas sensaciones que el bosque le producían, que no prestó mucha atención a la hermosa joven.

 

Juan Sebastián miró hacia arriba extasiado, se podía sentir como el viento mecía suavemente las copas de los grandes árboles, haciendo reír a las hojas y crujir los ancianos troncos. Todo esto tenía a Juan Sebastián sumido en una especie de alegre trance. Los flashes de recuerdos que él había tenido el día anterior, se estaban convirtiendo lentamente en un amanecer, pareciéndole todo extraordinariamente familiar.

 

Efraín, en cambio, protestaba a cada momento por tener que caminar por ese lugar tan agreste; sintiéndose torpe, tropezando y enganchándose en las ramas constantemente. Juan Sebastián, por el contrario, sentía que andaba por un lugar casi propio, reconociendo en cada aroma, cada sonido, recuerdos de sus sueños, que ahora cobraban vida.

 

Kuyenfey por su parte guiaba al grupo, deteniéndose de rato en rato para explicar el nombre de cada especie de árbol, las aves que prefieren visitar sus ramas, los helechos que crecen en su corteza, y su edad aproximada. También explicaba las propiedades medicinales de una u otra hierba, acerca de los hongos comestibles y como una persona perfectamente podría sobrevivir en el bosque.

 

Mientras la hermosa joven daba las explicaciones, Juan Sebastián fallaba en su intento de disimular el placer que le producía verla caminar por el bosque, como si ella caminara en el aire, sin ni siquiera sonar al pisar los troncos. Hasta que el latido de algún árbol lo distraía, y la majestuosidad de la variedad de vida en el bosque lo abrumaba. Entonces era la joven Kuyenfey quien lo seguía con su mirada; con una extraña mezcla de pasión y satisfacción por lo que ella sabía que él estaba experimentando.

 

Después de tres horas de caminata, el sendero comenzó a desaparecer, dejando en su lugar sólo una débil huella que se comenzaba a elevar cada vez más en una fatigosa y larga pendiente. Pese a las constantes protestas de Efraín, el deseo de seguir adelante de Juan Sebastián, permitió que llegaran hasta una gran cascada desde dónde se observaba la casa de Don Nicolás muy a lo lejos, y más allá aun el lago Panguipulli.

 

Mirando la casa de Don Nicolás, Juan Sebastián le preguntó a Efraín:

—¿Te gusta la casa de tu padre?

—No me gusta para nada —respondió Efraín—, ni es redonda ni es cuadrada; es amorfa.

—Como tu cabeza —dijo Kuyenfey fingiendo que hablaba en serio—. Mis padres hicieron la casa así para que Efraín no se acomplejara de su cabeza amorfa.

Juan Sebastián empezó a reír.

 

—Ya salió mi hermana la hippie —dijo Efraín volteando los ojos hacia arriba.

—Yo no soy hippie —dijo Kuyenfey— soy naturalista y músico profesional.

—Es lo mismo —alegó Efraín—, sólo te falta la marihuana. En algún lugar debes tener algo sembrado —agregó con sarcasmo mirando alrededor.

—No soy hippie —dijo Kuyenfey—, pero tú sí que tienes la cabeza amorfa.

—Eres hippie y además eres adoptada —replicó Efraín.

—Si fuese adoptada, eso no tendría nada de malo —dijo Kuyenfey.

 

Juan Sebastián le dijo a Kuyenfey:

—Entonces, a ti sí te gusta la casa.

—Sí, es diferente —dijo Kuyenfey sin mayor emoción.

—¿Cómo harías tu casa? —le preguntó Juan Sebastián al ver su reacción.

—La haría en el aire, en la copa de una araucaria —dijo y se le iluminaron los ojos.

—Y llegarás allá volando —agregó Efraín—. ¿No te dije que era hippie?

Los tres empiezan a reír.

 

Efraín, se sentó en el suelo, suspiró y dijo:

—No caminaré más con esta hippie adoptada, pueden dejarme morir aquí.

—Mejor acampemos aquí —dijo Kuyenfey.

—Con el sonido de la cascada dormiré como un bebé —dijo Juan Sebastián.

—¿Cómo lo sabes? —dijo Efraín sin poder reconocer a su mentor.

—¿De verdad nunca soñaste que eras agua? —preguntó Juan Sebastián.

—¿Y desde cuándo tú sueñas? —preguntó Efraín.

—No estoy seguro —dijo Juan Sebastián dándose cuenta de que creía que nunca soñaba—. Son recuerdos de sueños que vienen a mi mente.

 

Juan Sebastián y Efraín levantaron tres tiendas de campaña en el lugar. Cuando todo estba listo, Kuyenfey dijo:

—Vamos un poco más arriba, quiero mostrarles algo especial.

—No iré a ningún lugar —sentenció Efraín—, no puedo dar un paso más. Vayan ustedes si quieren.

 

Juan Sebastián y Kuyenfey subieron la cuesta, algo más arriba de la cascada, dónde había un escondido y oscuro sendero.

—Es por aquí —dijo Kuyenfey.

—Todo esto me resulta tan extrañamente familiar —confesó Juan Sebastián al darse cuenta que no sentía miedo alguno de internarse en lo profundo del bosque.

 

Ambos caminaron por el sendero que terminaba en una gran araucaria.

—Juan Sebastián —dijo Kuyenfey—: este árbol está vivo aquí antes de que Jesucristo naciera, y en esa época ya era adulto, como los que están más abajo.

Juan Sebastián admirado, piensa: “¿Más de dos mil años?”

 

A continuación, Juan Sebastián miró la gigante araucaria con sumo respeto, como el súbdito que le pide permiso a un rey antes de aproximársele. Luego se acercó con cuidado y tocó el grandioso árbol poniendo su mano abierta en el tronco.

 

Un remolino de sensaciones sacudió el cuerpo de Juan Sebastián, el entretejido de la vida dentro de este árbol era muy poderoso y diverso. Su savia recorriendo sus capilares suena como ríos que recorrían un mundo dentro de él.

 

El experto negociador pudo escuchar las millones de nano explosiones que se producían en las moléculas de agua cuando el hidrógeno es separado del oxígeno, y escuchó el respirar de sus miles de hojas, cuando exhalaban el valioso oxígeno al aire.

 

El codicioso corredor de Bolsa pudo sentir cómo iban creciendo las ramas y hojas de ese gigante, tomando la energía del sol para producir flores y semillas. Había tanta vida dentro de esa vida que ya no era capaz de distinguir superioridad entre humanos y árboles.

 

Kuyenfey por su parte, le miraba extasiada mientras él hacía gestos de admiración con sus ojos cerrados y su mano en el tronco. Kuyenfey podía sentir todo lo que Juan Sebastián estaba sintiendo, y eso lo hacía casi irresistible para ella.

 

Cuando Juan Sebastián por fin salió de su trance y quitó su mano de la corteza del árbol, se alejó caminando hacia atrás; como quien no quiere darle la espalda a una persona importante, para no ofenderle.

 

Kuyenfey observó esa actitud tan respetuosa con mucho agrado, y le dijo:

—Es un árbol muy especial.

—No es sólo él, son ellos —dijo Juan Sebastián—, son hongos, y bacterias en sus raíces, artrópodos microscópicos que lo habitan y le permiten sacar el máximo provecho de los nutrientes. No es sólo un árbol, es un sistema maravilloso que fabrica toneladas de oxígeno a fin de mantener la vida en este planeta. Él no necesita de nosotros, pero nosotros no podemos vivir sin él.

 

Kuyenfey se sonrió con satisfacción, y los dos bajan al campamento.

 

La oscuridad nocturna empezó a adueñarse del cielo y el bosque que es de colores durante el día, se tornó atemorizante. Las estrellas comenzaron a aparecer, y la luna, en cuarto creciente, alumbró un poco la noche.

 

Efraín ya había encendido una fogata y calentaron la comida que habían traído. Mientras comen, Juan Sebastián le dijo a Efraín:

—No más llegar a Santiago tengo que reunirme con el intendente.

—¡Por fin! ¿Ya te sientes mejor? —dijo Efraín.

—¿Mejor de qué? —preguntó Juan Sebastián sin entender.

—De la borrachera que cargabas hoy —dijo Efraín—, pasaste el día actuando muy extraño.

—Es que algunas cosas están cambiando para bien —dijo Juan Sebastián mirando la oscuridad nocturna—. Hay muchas cosas valiosas aquí que debemos preservar.

—No te preocupes amigo —dijo Efraín—, cuando lleguemos a Santiago volverás a ser como antes. Sólo estás intoxicado con el aire puro, es normal.

 

Efraín se levantó y dijo:

—Me voy a dormir, ustedes me han hecho caminar demasiado hoy.

Así que entra a su tienda y deja a Juan Sebastián conversando con Kuyenfey. Ella le preguntó:

—¿De qué trabajas, ¿qué haces para ganarte la vida?

—Hasta hoy, mi trabajo había sido destruir todo esto —respondió Juan Sebastián—si tu hermano no me hubiese traído, ese seguiría siendo mi trabajo.

—¿Crees que fue mi hermano el que te trajo aquí? —preguntó Kuyenfey.

—Sí, fue Efraín quien me dijo que viniéramos —dijo Juan Sebastián—, nuestro propósito era cortar todos estos árboles y vender la madera.

—¿Era? —preguntó Kuyenfey.

—Es aún el propósito de él, pero ya no es el mío —explicó Juan Sebastián—. Algunas cosas han cambiado.

—¿Lograrás cambiar para bien? —dijo Kuyenfey.

—Eso espero —dijo Juan Sebastián—, aún estoy un poco confundido y no sé cuál es la forma correcta de proceder para evitar que acaben con estos bosques. Pero yo encontraré la forma.

—Siempre encuentras la manera de hacer realidad lo que te propones, ¿no es cierto? —preguntó Kuyenfey.

—Siempre —respondió Juan Sebastián.

—Por eso te han elegido —dijo Kuyenfey.

—¿Quiénes? —preguntó Juan Sebastián.

—Pronto los recordarás, así como estás recordando otras cosas —dijo Kuyenfey.

—¿Cómo sabes que…? —preguntó Juan Sebastián sorprendido.

—Te lo diré mañana —dijo Kuyenfey—, me voy a dormir.

Kuyenfey se levantó y entró a su tienda. Desde adentro miró a Juan Sebastián, le sonrió cariñosamente y cerró la tienda. 

 

Juan Sebastián se sintió atraído por la hermosa joven, pero ya eran muchas las nuevas sensaciones que estaba experimentando. Ahora tenía un poco de soledad, y empezó a meditar sobre su situación, diciendo en voz alta:

 

“No sé qué es lo que me ocurre, pero me siento conectado a este lugar, como si se tratase de mi casa —le dijo su lado naturalista—. Yo sé que hay mucho dinero aquí que podemos ganar, pero también hay mucha vida que tendríamos que destruir sólo por dinero, y destruir…  no es lo que quiero.”

 

“Pero la naturaleza también destruye —le dijo su lado codicioso—, y nadie se beneficia de esa destrucción ‘natural’. ¿Acaso los bosques no se queman de vez en cuando?”

 

Entonces, en una especie de trance, Juan Sebastián dijo:

 

“El fuego, tan necesario y tan peligroso; tan útil y tan destructivo; cuán débiles e impotentes somos delante de tu ciega furia. ¿Cuándo creímos que aprendimos a controlarte? ¿Cuándo aprenderemos que eres caprichoso y temperamental? ¿Cuándo aprenderemos a respetarte? Puedes darnos de comer y puedes matarnos el mismo día. Puedes quemar bosques viejos y secos para permitir que renazcan, o puedes arrasar bosques jóvenes y verdes, para que no quede nada que pueda renacer, dejando un rastro de destrucción y muerte. Los mamíferos más poderosos de la tierra te temen. Sólo el hombre tiene la inocencia para creer que puede gobernarte.”

 

“Es verdad que en ocasiones los bosques se incendian de forma natural —le dijo su lado naturalista—, pero es con el propósito de renacer de nuevo, y sólo en algunos ecosistemas adaptados a ello. Nosotros en cambio, arrasamos los bosques para que nunca más vuelvan a renacer y los convertimos en zonas de cultivo o en eriales sin valor alguno.”

 

“Somos humanos, tenemos que comer —le dijo su lado codicioso—, no tiene nada de malo aumentar la cantidad de tierra cultivable para alimentar a la población que crece cada día.”

 

“Así pensábamos antes — le dijo su lado naturalista—, pero la verdad que no se nos dice es que la mayor parte de nuestras medicinas vienen de los bosques, y además, ¿de qué nos sirve la comida si no tenemos aire para respirar?”

 

Juan Sebastián siguió entrando en una especie de trance, y dijo:

 

“Aire, mezcla magnífica de oxígeno, nitrógeno y otros gases de nombres extraños. ¿Quién diseñó tu fórmula mágica que hace posible la vida en este planeta azul? Entras limpio a nuestro cuerpo, lo nutres, y sales de él cargado los desechos de nuestra alma. Tienes que ir a las nobles plantas para limpiarte, porque los desechos de nuestra alma son el alimento de las plantas, ¿a quién se le ocurrió una simbiosis tan magnífica? Nadie puede verte, solo si te ensuciamos eres visible a nuestros ojos, porque también eres tú quien nutre el fuego, y sabemos que la sombra de la muerte se acerca a nosotros.”

 

Juan Sebastián despertó de su trance, se levantó y dio una mirada alrededor, a lo que la luz de la luna en creciente permitía ver. Luego entró a su tienda.

 

Esa misma noche, Juan Sebastián soñó que estaba en medio de un Concilio de Sabios Maestros, y que ellos discutían entre sí, diciendo:

—Es muy peligroso darle poder a este yámana. Sus actos lo condenan.

—Es verdad —dijo el maestro más experimentado—, pero también ha demostrado que tiene las aptitudes necesarias.

—Creo que debemos actuar con cautela —dijo el espíritu de una dama.

—No quiero arrepentirme de haber entrenado a un yekamus —dijo otro de los maestros.

 

Entonces, el maestro más experimentado miró a Juan Sebastián y le dijo:

—Yo creo en ti. Pero es necesario que tú también creas en ti.

—No sé qué es lo que debo hacer —dijo Juan Sebastián.

—Pronto lo sabrás —le dijo el maestro.

 

A la mañana siguiente, Efraín fue el primero en despertar, y ya estaba haciendo el café cuando Kuyenfey se levantó.

—Mi pobre amigo está intoxicado de naturaleza —dijo Efraín.

—Creo que más bien él está despertando a la realidad de que hay que cuidar los bosques —dijo Kuyenfey.

—¡No! Yo lo conozco hace años —dijo Efraín—, esa persona de ayer no es él. Tú ni te imaginas quién es él.

—Tenemos que darle una oportunidad —dijo Kuyenfey.

—Sería bueno que tú le dieras una oportunidad —dijo Efraín—, él tiene mucho dinero y vivirás muy bien si te casas con él. Además, me gustaría tenerlo en la familia; es un hombre que sabe hacer negocios. Sólo que los negocios que hace…

—Él me dijo que se dedicaba a destruir todos los bosques — dijo Kuyenfey.

—¿Te lo dijo? —preguntó Efraín sorprendido— Eso si es extraño. Mi amigo no suele mostrar sus cartas. Está peor de lo que pensaba.

 

En ese momento, Juan Sebastián salió de su tienda y los saludó mientras se estiraba.

—¿Con que soñaste? —le preguntó Efraín.

—Con nada —dijo Juan Sebastián aún entre dormido.

—Él no sueña —dijo Efraín—, nunca ha soñado.

 

Después de tomar café y desayunar, levantaron el campamento; y Kuyenfey dijo:

—Ahora los llevaré a un valle escondido, que sólo conocemos quienes amamos a los bosques.

 

El grupo reanudó el camino, que se hacía cada vez más abrupto, debiendo muchas veces usar las ramas de los árboles como escaleras.

 

Luego de caminar durante toda la mañana, llegaron a una cima y ante ellos se abrió un encajonado valle, que estaba rodeado por un río que venía de lo alto de las montañas, vaciando sus aguas en una profunda laguna.

En medio del valle se elevaba una débil columna de humo.

—¿Quién está ahí? —preguntó Juan Sebastián.

—Son pehuenches que mi padre acogió aquí luego que una hidroeléctrica inundara su país —explicó Kuyenfey—. Y les entregó este valle, el más querido para él, y que se llama Ayün.

Y Efraín miró con cierto tono de burla a Juan Sebastián, para indicarle que lo de la hidroeléctrica era un negocio que su misma oficina había propiciado.

 

Descendieron hasta un caserío de extraña factura. Siempre Juan Sebastián creyó que los Mapuches o los Pehuenches vivían en una miseria e ignorancia absoluta. Pero para su sorpresa, lo que vio fue formidables casas, que extrañamente no se lograban distinguir cerro arriba, y que parecían estar vivas, como otro árbol más, y todo esto enmarcado por un magnífico y hermoso bosque de Araucarias.

 

Al llegar al poblado, los recibió de forma amable la machi, título que recibe la mujer que funge como la líder espiritual. Un honor que en esta comunidad ocupaba una mujer agradable llamada Eugenia.

 

La machi Eugenia era una mujer de poco más de setenta años. Toda su larga cabellera era blanca como las cumbres de las montañas, y llevaba un tocado de exquisito diseño sobre su frente. La machi estaba elegantemente vestida con un kepam de lana de color beige, que se asegura a la altura del hombro derecho con una especie de broche llamado tupu, y se ajusta a la altura de la cintura usando una faja decorada con figuras en contraste, y que ellos llaman trarüwe. A sus espaldas, la anciana machi llevaba una hermosa capa de color vino tinto que llaman ikülla, y que le daba un aire de majestad al hermoso y elaborado atuendo.

 

Al verlos, la machi les dijo:

—Bienvenidos a nuestro hogar, mi querida Kuyenfey ha traído dos visitantes.

—Él es mi hermano Efraín —dijo Kuyenfey—, de quien ya le he hablado antes.

—Sí, ese es el hermano que tanto quieres —dijo la machi.

—No ese no es —dijo Kuyenfey entre risas, porque Efraín era su único hermano.

 

La machi se rió y al ver a Juan Sebastián dijo:

—Así que has traído al nuevo loila-yekamus.

—Creo que me confunde con alguien más —dijo Juan Sebastián— mi nombre es…

—Juan Sebastián Cona —dijo la machi sin dejar que él termine de hablar.

Juan Sebastián enmudeció de sorpresa.

 

La machi los invitó a todos a entrar a su ruka, diciendo:

—Vengan, vamos a tomar un té. Pronto empezará a llover.

Efraín miró al cielo, y al ver que no hay ni siquiera una nube, torció la boca con incredulidad.

 

La machi puso unas hierbas en una cacerola que acababa de bajar del fuego y la tapa. Tomó unas tazas y sirvió la infusión para los invitados.

En ese momento, el cielo se oscureció y empezó a llover a cántaros de forma tan repentina, que hasta Efraín se vio sorprendido.

 

La machi encendió sus rudimentarias lámparas alimentadas por el fuego, así que esa noche, pese a arreciar afuera una fuerte lluvia; dentro de la casa dónde habían sido invitados por la machi, se sentía una acogedora sensación de calidez. Se trataba de una ruka tradicional, con un techo hecho de junquillo, sin ventanas para que se mantuviera tibia, con gruesas y frescas paredes hechas de adobe reforzado con postes de madera, y tapizadas con un acabado de totora.

 

Juan Sebastián observó la ruka por dentro con asombro, él siempre pensó que las rukas eran chozas mal construidas en las que los nativos apenas se protegían del sol. Nunca se imaginó que se tratase de casas tan bien construidas y con acabados naturales. A pesar de la lluvia que azotaba afuera, no había ni una solo gotera dentro de esta ruka.

 

Mientras bebían la infusión caliente, la machi Eugenia comenzó a contarles lo que estaba sucediendo:

 

—Hay mucha actividad en el mundo espiritual. En el pasado la actividad era mayor, pues en ese tiempo, el hombre vivía en total armonía con la naturaleza, sólo tomaba de ella lo que necesitaba y la tierra era capaz de reciclar absolutamente todos los residuos del hombre. Los animales no sentían temor del hombre, y entre los mismos hombres de distintos lugares había paz.”

 

—Eso no parece posible ahora —dijo Juan Sebastián—, necesitamos muchas más cosas para comunicarnos y prosperar.

—Prosperar es una palabra importante para nosotros los humanos —dijo la machi Eugenia—. Durante incontables años prosperamos, desarrollamos nuevas formas de hacer las cosas, usamos nuestra inteligencia para crear música, poesía, y otras muchas cosas hermosas. Pero lo que está sucediendo hoy no es prosperidad, es autodestrucción. ¿Es que no nos importa el mundo que les dejaremos a nuestros hijos y nietos?

 

Juan Sebastián enmudeció al darse cuenta, por primera vez, que la riqueza de hoy a costa de la Tierra, será la pobreza de mañana.

—Por esa razón —continuó explicando la machi—, el Concilio de Sabios Maestros ha escogido nuevos loila-yekamus, con nuevas habilidades que los capaciten para los retos que debemos enfrentar ahora.

—¿Qué quiere decir? —preguntó Kuyenfey.

—Que los nuevos loila-yekamus no provienen sólo de la selva como antes, sino de distintos lugares. Son personas que han acumulado algunas experiencias que los capacitan para pensar diferente de como lo haría un Pehuenche criado en la selva.

—Ahora, algunas cosas empiezan a tener sentido —dijo Kuyenfey mirando a Juan Sebastián—. ¿Y eso no es peligroso? —preguntó.

—Lo es de seguro —dijo la machi Eugenia— pero el Concilio de Sabios Maestros ha determinado que es mucho más peligroso permitir la autodestrucción que está ocurriendo.

 

Todos quedan en silencio, y Juan Sebastián se atrevió a preguntar:

—¿Qué es el Concilio de Sabios Maestros?

—Es un grupo en el que están representados los principales pueblos indígenas que aún existen en el sur austral. También están representados los espíritus de los animales más importantes. De hecho, la gran ballena es el más importante de los espíritus de las criaturas del mar.

—Esos eran los cuentos de mi padre —le dijo Efraín a Juan Sebastián en voz baja— yo los escuchaba antes de dormir.

—Hace cinco siglos —continúa relatando la machi—, se celebró un importante concilio en este mismo Valle de Ayün, aquí dónde estamos ahora.

—¿Por qué aquí? —preguntó Kuyenfey.

—Porque este lugar tiene una poderosa carga espiritual ancestral —dice la machi.

—Es verdad —dijo Juan Sebastián sin pensar.

—¿Tú qué sabes de esas cosas? —le dijo Efraín en tono de burla.

—Es verdad, no sé ni lo que digo —dijo Juan Sebastián tomando su frente.

 

La machi Eugenia se sonrió y continuó con su relato:

—A ese concilio vinieron maestros de todas partes, y también vino un joven yekamu muy especial llamado Celipatencis.

—¿Ese no era el yekamus que conducía la barca tirada por dos orcas? —pregunta Kuyenfey.

—Ese mismo —dijo la machi Eugenia—. Él también logró que los pueblos apartados del sur confraternizarán más allá de los temores y sospechas que los espíritus oscuros habían sembrado entre ellos.

—¿Qué temores? —preguntó Kuyenfey.

—Algunos creían que los otros pueblos eran gigantes malignos y belicosos, otros creían que los pueblos de las islas eran caníbales.

 

Juan Sebastián no parecía muy interesado en las historias, hay otra cosa que le intrigaba:

—¿Y dónde está el Concilio ahora? —preguntó Juan Sebastián sin saber por qué el tema le interesaba tanto.

—Cuando tengas tu primer asikaku, los verás —le dijo la machi Eugenia—. Son seres maravillosos, blancos como la luna y con un resplandor que intimida.

 

Juan Sebastián se impresionó, pues así son los flashes que aparecen en su mente.

—¿Qué es un asikaku? —preguntó Efraín.

—Es un despertar espiritual —dijo Juan Sebastián.

—¿Y tú cómo lo sabes? —preguntó Efraín.

—No lo sé —dijo Juan Sebastián sorprendido, y algunos flashes de los recuerdos de sus sueños le vinieron a la mente, dejándolo más confundido.

—Un asikaku, es, en efecto, un despertar espiritual —dijo la machi mirando a Juan Sebastián con agrado.

—¿Qué es un yámana? —preguntó Juan Sebastián y la machi le mira con sorpresa.

—Los yámanas —explicó la machi Eugenia—, eran de las tribus más australes y más poderosas en su espíritu. Celipatencis era un yámana, y quedan muy pocos descendientes de los yámanas.

 

La machi Eugenia se acercó a Juan Sebastián, puso la mano suavemente en su hombro y le preguntó con expectación: —¿Eres un yámana?

—Creo que ellos me llamaron así cuando me hablaron —dijo Juan Sebastián y agrega—: creo que me estoy volviendo loco.

 

Al notar la cara de confusión de Juan Sebastián, Kuyenfey aprovechó que la lluvia ha cesado para invitarle a salir de la ruka:

—Ven, vamos a saludar la noche —le dijo.

Así que los dos salieron de la ruka.

 

Al salir, Juan Sebastián no pudo evitar levantar la mirada. Después de la lluvia, se podían observar en el cielo nocturno millones de estrellas que reflejaban su luz sobre los hielos eternos de las cimas de las montañas a lo lejos, y haciendo brillar las copas de las araucarias recién bañadas.

 

A momentos soplaba una brisa cálida, y Juan Sebastián sitió que se diluyeron de su mente todos los afanosos pensamientos de éxito, dinero y gloria que les eran tan propios. Lentamente desapareció su pasado, dejando además de importarle el futuro, sólo lo invadía un deseo de seguir estando ahí, tan vivo.

 

—Aún no puedo entender qué es lo que me sucede —dijo Juan Sebastián—. Tengo algunos recuerdos extraños, que no logro armar, pero que sé que están relacionados.

—No te angusties por eso —le dijo Kuyenfey—. Poco a poco todo se irá aclarando, y el resultado será algo muy bueno para todos.

 

En ese momento, las aguas de la laguna al frente se aquietaron y comenzó un lejano canto de un sapito, que se fue uniendo a muchos otros hasta convertirse en un increíble concierto de miles de voces.

 

Al escucharlo, Juan Sebastián dijo:

—Parece que estuviésemos hechos a propósito para disfrutar de cosas tan tontas como la algarabía de los sapos.

—O de la belleza de la luna —dijo Kuyenfey mientras la luna llena salía entre las montañas, reflejándose majestuosa junto a los astros en la quietud de la laguna…

—Mi nombre significa “Luna llena” —dijo Kuyenfey mirando a Juan Sebastián.

 

Juan Sebastián se vuelve a mirarla, y ve que realmente sus pupilas brillaban tanto o más que la luna que ya está en lo alto.

 

Algo extraño empezó a ocurrirle al cauteloso negociador experto, sus habilidades ya no le servían para nada. Su corazón es el que le dijo que debía aproximar su cuerpo al de Kuyenfey, sin poder dejar de mirar sus ojos de luna llena.

 

Así que con suavidad la tomó entre sus brazos, y la besó tiernamente. En ese momento descubrió que nunca había besado en verdad, y que todo lo que estaba viviendo era como un auténtico nacer, o un regreso de la muerte.

XXXVII LA REGRESIÓN

INTERLUDIO

RAYITO DE SOLJOAQUIN IPINZA
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