XXXV EL VIAJE

 

Juan Sebastián nunca había estado en el Sur, sus escasas vacaciones siempre eran en lugares de moda, especialmente casinos de juegos; siendo cliente frecuente de los hoteles de Las Vegas, y además, su centro de operaciones estaba en Santiago, dónde se juntaba el poder que el necesitaba para actuar.

 

Así que tomaron un avión hacia el sur, y luego de aterrizar en el aeropuerto de Temuco; se adentraron en la región con un 4x4 que conducía Efraín. Bordeando el lago Panguipulli en dirección noroeste.

 

Durante su viaje en Jeep, comenzaron a aparecer a los lados de la carretera los primeros bosques de grandes pinos que son plantados de manera ordenada y planificada para la deforestación, con su característico olor a norte; algo que no tenía ningún atractivo para Juan Sebastián, y apenas significó para Efraín unos leves pensamientos respecto a las empresas propietarias de esos bosques de pino, y el estado del negocio forestal en la región.

 

Pero de pronto, Juan Sebastián vio un pequeño grupo de árboles distintos a los demás, que a pesar de verse a primera vista puestos en el más absoluto desorden, mostraban una armonía infinitamente mayor que las ordenadas hileras de pino insigne. Este grupo de árboles diferentes le hicieron recordar a Juan Sebastián algo inexplicable.

 

—Yo he estado ahí —dijo Juan Sebastián sin pensar, señalando a los árboles.

—¿Dónde? —le preguntó Efraín— Es la primera vez que vienes al sur.

Pero al volverse y ver la cara de asombro de Juan Sebastián, Efraín se preocupó.

—Estuve dentro —dijo Juan Sebastián asombrado—, sé cómo palpita.

—¿Te sientes bien? —le pregunta Efraín preocupado.

Juan Sebastián no pudo entender de dónde salieron esos extraños recuerdos, pero actuó rápido para evitarlos y subió el volumen de la música.

 

La música de los Beach Boys en la radio era como un himno que anticipaba los millones que iban a ganar gracias a los negocios con los estadounidenses. Sin embargo, Juan Sebastián continuaba muy consternado por los recuerdos que le invadieron.

 

Llegando a la pequeña ciudad de Panguipulli, se fueron directamente a la casa de un ingeniero forestal, amigo de Efraín; con el fin de hacer los planes y cálculos de prospección de la madera. Al conocer más datos, el codicioso negociador se veía aún más entusiasmado por ese pequeño negocio maderero propuesto por Efraín. A Juan Sebastián, el dinero es lo que realmente lo motiva.

 

Por la noche, el Subiabre, el forestal, contento por el dinero que ganaría si ese negocio se materializaba; los llevó a la discoteca del pueblo, y les presentó a unas amigas con las que bailaron, se divirtieron y bebieron copiosamente hasta altas horas de la noche. Después, las llevaron a la casa del ingeniero forestal, donde siguió la fiesta hasta la madrugada.

 

A la mañana siguiente, Juan Sebastián despertó antes que los demás, con una resaca insoportable, sintiéndose muy ahogado y con un terrible dolor de cabeza; por lo que se duchó, y salió a caminar por la pequeña ciudad para despejar su mente y comprar analgésicos.

 

Había pocas personas en las calles esa mañana. Juan Sebastián pudo encontrar donde comprar un analgésico y calmar su dolor de cabeza. Más adelante, halló la plaza central, y se sentó en uno de sus bancos a esperar a que su jaqueca pasara.

 

De pronto, Juan Sebastián vio un reflejo en el rabillo de su ojo, tan intenso que lo hizo inevitablemente dirigir su mirada al lugar de dónde provenía. Sus ojos aún adormecidos por la intensa noche no pudieron distinguir bien, pero sintió que el alma y la vida se le escurrían por las pupilas.

 

Juan Sebastián vio frente a él una silueta bellísima y luminosa, que se desplazaba por el aire casi sin tocar el suelo. Él no estaba seguro de si lo que veía era real o una fantasía producto de la resaca, pero se trataba de la silueta femenina más hermosa y delicada que Juan Sebastián jamás hubiese visto.

 

Era una joven de hermosos cabellos largos oscuros que caminaba en dirección a él. Su largo y ceñido vestido blanco, hacía parecer que no tocaba el piso mientras el vestido se movía al ritmo de su silueta. Los hermosos adornos azules de figuras geométricas en su vestido le conferían un aire de majestad indescriptible que dejó atónito a Juan Sebastián.

 

Entonces, los negros ojos de esa bellísima joven miraron directamente a los de él, y a Juan Sebastián le pareció reconocerlos desde siempre. El tiempo se detuvo, y con su penetrante mirada, ella atravesó el alma de él. Pero ver que Juan Sebastián era prisionero de un sueño de destrucción, le dio una pena infinita; así que de uno de los párpados de la joven se desprendió una lágrima de cristal, que brilló tan fuerte que a Juan Sebastián se encandiló y lo obligó a parpadear por un instante; luego de lo cual la silueta celestial había desaparecido.

 

“¿Qué es esto?” —se preguntó Juan Sebastián. “Claro que conozco a esa chica, pero...  ¿de dónde?, y además, ¿A dónde fue? ¿Será real? Creo que me estoy volviendo loco; no, no, no. Es por lo que bebimos ayer, en un rato estaré bien.”

 

Muy confundido, Juan Sebastián regresó a la casa, donde Efraín preparaba todo para ir al campo de su padre.

 

Para llegar hasta el campo de Don Nicolás, padre de Efraín; tomaron un perdido camino lateral que se internaba en el bosque, haciéndose más denso a los lados del camino a medida que avanzaban; tanto que después de un rato, empezó a parecerles casi un túnel que les rodeaba.

 

En cierto punto del viaje, comenzó a invadir el jeep un hermoso fulgor verde oro, aromas a flores y fresca humedad. Juan Sebastián comenzó de pronto a recordar por primera vez en la vida su sueño, como rápidos flashes sobre un cuadro a oscuras. Al ver la expresión de perplejidad de Juan Sebastián, Efraín le preguntó:

—¿Qué te pasa?

—Nada, eh... —dijo Juan Sebastián disimulando— solo estaba calculando cuanto podemos sacarle a esta madera.

 

Pero lo cierto es que Juan Sebastián nunca había visto un bosque austral de verdad, y al experimentar por primera vez esas interesantes sensaciones que le parecían tan familiares; sintió unos profundos deseos de adentrarse en el bosque.

 

Efraín noto en su amigo esa irreconocible mirada, en unos ojos que parecían brillar como nunca antes, y su siempre ordenado cabello se tornó algo descuidado en un instante.

XXXV EL VIAJE
TOYKOYJOAQUIN IPINZA
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