XXIX El Concilio

Escucha la música incidental aquí:

Cepilatencis sentía como el poder de ese lugar hacía que se reconectara a la tierra. Era como si el suelo se comunicara directamente con su propia nación, tan lejana ahora.

 

Ese joven pewen ante el cual se encontraban parecía darles la bienvenida, siendo tal vez el portal para entrar a este sagrado lugar. Tocó su tronco y sintió cómo se conectaba su vitalidad con el cielo y la tierra.

 

Llegando arriba vio un gran campamento donde había cientos de tiendas.

 

Deambulaban personas de las más distintas culturas.

 

Celipatencis miraba con total asombro tal diversidad de personajes, pero indudablemente quien acaparaba mas miradas era su amigo Lioren, con su magnífico porte y angulosos rasgos.

 

Lo que le llamó la atención también eran los complejos ropajes de la mayoría de los concurrentes.

 

La indumentaria estándar de un Yámana solo consistía en un colgajo de piel en la espalda o “tuweaki”, que permitía que el fuego frente a él irradiara mejor contra el cuerpo desnudo. Sí tenían la precaución de engrasarla por dentro para aumentar su vida útil. Usaban además un taparrabos y sandalias de cuero. De los fríos intensos además se protegían untándose el cuerpo con una mezcla de aceite de pescado y polvo rojo de baya quemada. 

 

  Estaba aclimatado al frío extremo, por lo que en esa latitud sentía un calor tremendo, por ello no comprendía como algunos de los que ahí estaban se quejaban de frío y se cubrían con todo lo que tenían a mano.

 

La caravana del mar había tardado más de siete meses en hacer el viaje.

 

 Ya había terminado de transcurrir el verano y el otoño dejaba sentir la disminución de las temperaturas, que en ese valle de altura en invierno incluso lo dejaba cubierto de nieve.

 

De improviso se les acercó Tenenesk y alegremente se abrazaron los tres primeros viajeros.

 

Tenenesk les explicó que los Reches habían organizado en forma excepcional la alimentación y mantención del concilio, pues tenían un orden social muy complejo, que además les permitía en épocas de guerra contra el Imperio del Sol que intentaba invadir desde el norte, erigir un solo gran ejército, y cuando guerreaban para defender la tierra, se hacían llamar Mapuche. De hecho, gracias a ellos el avance de ese Imperio se había detenido, manteniendo a salvo a quienes habitaban más al sur.

 

Entonces Tenenesk los llevó a la tienda que le tenían preparada a Celipatencis. Estaba ubicada en el centro del campamento y en la entrada estaba el símbolo que la identificaba como la del jefe máximo del concilio.

 

Y Tenenesk exclamó:

- ¡He aquí a Celipatencis, el shamán del Sur!-, repitiendo la frase en varios idiomas, que el sabio y profeta Haush ya estaba aprendiendo con rapidez, siendo a su vez traducida en otros idiomas por otros de los concurrentes.

 

Y todo el mundo se tornó a mirarle con asombro.

 

Celipatencis ya se había acostumbrado a su apariencia, por lo que no se percataba del impacto que provocaba la total y absoluta traslucidez de su piel que permitía ver el correr de su sangre, y el suave resplandor de su alma.

 

Así también eran inusuales las pieles que cubrían a esos extranjeros, pues una buena parte de quienes estaban allí usaban telas con coloridos diseños.

 

De hecho, Tenenesk había tenido que desafiar al resto a un encuentro shamánico para demostrar que realmente él era uno de los dos espíritus que convocaron a este concilio, pues a primera vista parecía al resto ser un hombre primitivo.

 

Ahora su voz era muy respetada pues con enorme facilidad se había impuesto en el encuentro.

 

Por ello todos esperaban expectantes la llegada del shamán Yámana del mar.

 

Al ser presentado todos alzaron una gran ovación que duró varios minutos.

 

Celipatencis no podía creer que el fuera el centro de toda esa atención y le hacia recordar nuevamente la gran responsabilidad que caía sobre sus hombros.

 

Entonces decidieron descansar sólo un par de días del largo viaje, pues el rudo invierno ya se aproximaba, y sería muy difícil para muchos de los llegados del norte soportar una helada nevada.

 

Se pasó la voz respecto al momento en que se iniciaría el concilio y muchos grupos comenzaron a realizar rituales y cantos de meditación, que a pesar de ser ejecutados por shamanes provenientes de lejanas culturas y en disímiles lenguajes, al escucharse al unísono parecían armonizar creando un evocador y hermoso coro.

 

En la noche del concilio el cielo se presentó absolutamente limpio, que permitía ver claramente la estrellada bóveda celeste. Corría una tibia brisa, y las aves y animales nocturnos guardaron un reverencial silencio, por lo que solo se escuchaba el suave batir del follaje del imponente bosque de pewenes que abrazaban con sus ancestrales siluetas la ceremonia.

 

Se dispusieron los shamanes en torno de la laguna principal de ese valle, la cual tenía alrededor de trescientos metros de diámetro lo que permitía que todos se vieran entre sí.

 

Pese a ser muy pequeño, Celipatencis resaltaba en la oscuridad por el suave fulgor que se desprendía de su cuerpo, el que se reflejaba en la laguna junto con las estrellas.

 

Tenenesk le dijo que se pusiera de pié para indicar a todos que iniciaran la meditación.

Así lo hizo en Yámana, y Tenenesk se encargó de traducir en los idiomas que él ya conocía, los que a su vez se fueron traduciendo al resto de las lenguas por otros.

 

Y todos se colocaron sus tocados y adoptaron las posiciones de meditación propias del shamanismo de cada pueblo.

 

Entonces uno de los shamanes del norte comenzó a ejecutar una delicada melodía en una gruesa flauta ceremonial de caña llamada moxeño, a la que se sumó el tañir de los Kultrunes de los Machis y tambores, y el canto en distintos lenguajes.

 

Se empezó a crear un coro de voces e instrumentos que, a pesar de ser muy diverso, parecía haber sido ensayado incansablemente pues fluía con absoluta armonía y coordinación.

 

Ello ayudó a que todos entraran en trance shamánico, creándose al centro de la laguna un fulgor que representaba la fusión de las conciencias de cada uno de ellos. Se configuró algo así como un pensar colectivo, gracias a la suma de todos los poderes de los shamanes asistentes.

 

Las montañas y los árboles fueron reemplazando su apariencia física para mostrar su identidad espiritual.

 

Ese fulgor fue aumentando su brillo y comenzó a ascender.

 

Se elevó sobre las montañas y siguió subiendo hasta poder abarcar en una mirada gran parte del planeta. Se veía claramente ambos océanos, y en su centro el triangulo de tierra que terminaba en el cabo de hornos.

 

Regresaron en el tiempo a los orígenes, y de la tierra brotaba una diáfana luz espiritual, que se mezclaba con hermosos tonos verdes de la tierra y azules del mar.

Pero en un momento, muy al norte, y casi al otro lado del planeta, descubrieron que lentamente se comenzó a engendrar la oscuridad.

 

Ella provenía de los hombres que estaban abandonando el camino del espíritu.

 

Y vieron como se enfrentaban y se mataban entre sí por miles, como doblegaban a la naturaleza.

Como surgían belicosos imperios que esclavizaban a los pueblos conquistados para que construyeran templos de piedra y tumbas para los jerarcas de cada cultura guerrera.

 

Había tanto dolor.

 

 Durante miles de años se sucedieron horrendas luchas en todo el norte, convirtiéndose en un mundo de espíritus malignos y errantes. Los hombres ya habían casi perdido su conexión con la matriz energética universal, y al morir también desaparecía para siempre el alma que no lograba ser canalizada al Todo.

 

También vieron como surgían algunos bondadosos profetas que trataban de detener esta vorágine de destrucción, pero también cómo las enseñanzas de ellos eran convertidas en religiones, que en manos de poderosos sacerdotes eran transformadas en más guerras, en pos de imponer a la fuerza sus doctrinas.


Pero también se dieron cuenta que el Sur de América era uno de los pocos lugares donde aun no había llegado la oscuridad.

Sin embargo vieron como el imperio al norte, de los adoradores del sol, intentaba invadir el sur, siendo detenido por los mapuche, los que a pesar de conocer el arte de la guerra, solo lo practicaban para defender la tierra y su espíritu, volviendo a convertirse en Reches, hombres de la pureza, una vez concluido cada conflicto.

Todos imaginaban que la amenaza por la cual se había convocado el concilio era una nueva y terrible incursión de ese imperio, pero muy lejos al norte, al otro lado del océano del oriente se comenzaron a desprender  gotas del mal, que comenzaron a manchar de negro la zona central de América.

sintió un gran estremecimiento al darse cuenta que el viaje espiritual del concilio ya había llegado al tiempo presente y por un momento se dejo llevar por el pánico y por poco abandona la meditación, pero Tenenesk, con su gran experiencia lo tranquiliza, y usando sus capacidades proféticas, encauzó los poderes unidos de los Shamanes en un viaje al futuro.

Entonces con pavor vieron como esas gotas se iban transformando en una negra tormenta que empezó a caer sobre el sur, y una enorme y oscura ola comenzó a arrasar con todo a su paso.

Y los hombres del norte llegaron desde el mar y quemaron las selvas sagradas, arrasaron los bosques, llenaron de sangre el océano, matando casi hasta la extinción a los seres pensantes del mar, y matando con veneno y armas de fuego a los hermanos de la tierra. Y junto a ellos un vaho de enfermedad que iba infectando a los pocos sobrevivientes, muriendo el último Yámana, el último Selk’nam, el último Haush, el último Aonikenk...

Y los hombres del Norte crearon armas terribles que mataban toda vida a kilómetros a la redonda, y el planeta verdeazulado se tornó gris y muerto.


Abrieron todos los ojos

Los rostros desencajados daban a entender que ya no había salida al destino. Las fuerzas de la oscuridad eran demasiado poderosas.


Pero debían de avisar a sus respectivos pueblos para prepararse a conservar en el sur al menos una luz de espiritualidad para los tiempos que se avecindaban.

Y cerraron un secreto y desesperado pacto.

A la mañana siguiente rápidamente se comenzó a levantar el campamento.


Los Reches se habían reunido y parecían determinados a convertirse en Mapuche para siempre haciendo frente al mal, olvidándose de su pasado Reche, transformándose en un pueblo guerrero hasta el fin de los tiempos.

Celipatencis  inició junto a Lioren y los otros shamanes que había recogido, el viaje de regreso, el que prometía ser muy penoso pues transcurriría durante el invierno.

Luego de varios meses de largo y triste viaje al fin llegaron a la entrada del estrecho, y mientras lo recorrían se corrió la voz del regreso del gran shamán del sur, prendiéndose hogueras en las riberas avisando el trascendental hecho.

 

INTERLUDIO: